Continuando con el tema
emprendido en el artículo anterior, me gustaría señalar una serie de puntos
clave, desde mi punto de vista, para lograr la excelencia en la enseñanza.
En primer lugar y como ya hemos
mencionado debe ser una profesión
vocacional. Y ello porque, no es una profesión excesivamente remunerada,
porque requiere grandes dosis de paciencia y porque el trabajo diario no sólo
está basado en la impartición de las clases sino también en la actualización
constante de conocimientos y metodologías. Es por lo tanto una profesión que
requiere mucho sacrificio en comparación con otras.
En segundo lugar el profesor ha
de tener esa habilidad que le
permita ponerse al nivel del alumno, tanto para la adquisición de forma más
sencilla de los conocimientos, como para entender mejor la problemática asociada
a la edad. Sólo de esta manera, el profesor se ganará el respecto y el aprecio
del alumno. Si por el contrario, no es capaz de traspasar esa barrera, jamás se
conseguirá una auténtica conexión.
En tercer lugar, la enseñanza
requiere una indagación constante
por parte del docente, en la metodología más adecuada para que el alumno
asimile el contenido. No hay alumnos incapaces pero sí profesores conformistas.
Me explico, con la voluntad del alumno (sin ella es imposible), siempre hay un
modo de conseguir ese nivel de conocimiento medio adecuado a su capacidad
intelectual. Evidentemente no es tarea sencilla en casi ningún caso, pero se
consigue con tenacidad.
También, como no, hay que ser autocrítico consigo mismo. Siempre es
posible mejorar esa clase, porque la excelencia desde mi punto de vista, nunca
se alcanza al completo. Es imposible, porque somos humanos, y precisamente por
ello imperfectos.
Por último, aunque no por ello en
este lugar, el trabajo. La enseñanza
es una disciplina que precisa de muchas horas de dedicación. Nunca se acaba el
mismo, porque abarca numerosos campos: desde la preparación meticulosa de cada
clase, como el seguimiento de cada alumno, la actualización constante, y un
largo etcétera.
Y tras todo ello, viene la
pregunta ¿Merece la pena? La respuesta para mí no tiene duda. Sí, una y mil
veces. Esa mirada del alumno que ha comprendido la explicación, o que ha
aprobado la asignatura o el examen, compensa todo. Y es que, por algo la
enseñanza es algo más que esa mera “comunicación de conocimientos, ideas,
experiencias, habilidades o hábitos a una persona que no los tiene”. En la enseñanza hay pasión, vocación y afecto, por mucho
que lo omita el diccionario.
