Me parece oportuno dedicar este artículo del
blog a lo que desde mi punto de vista es un arte: la enseñanza. Por mucho que
se escriba sobre el tema, creo que nunca va a ser suficiente, en tanto en
cuanto, vivimos en un mundo donde reina la competitividad y el salario bruto,
algo que son valores reñidos con lo que debería ser la vocación por ayudar a
los demás a adquirir conocimientos, para poderse desenvolver con libertad en el
mundo.
Después de más de veintiún años dedicados al “trabajo
por cuenta ajena”, he visto bastantes cosas. He visto como la libertad
está reñida en la mayoría de los casos con el consumo, toda vez que la
potenciación del mismo por parte de muchos sectores de la sociedad (empresas,
bancos..), nos convierte en trabajadores esclavos de los préstamos u
obligaciones que hemos adquirido para disponer de aquello a lo que se nos ha
ido conduciendo por medio de las campañas publicitarias (el chalet, el mejor
coche, el colegio más caro, la universidad de mayor prestigio, etc.) y que
pensábamos que nos iba a aportar mayor felicidad. Craso error.
He visto como el acceso al mundo laboral, no
siempre es un camino limpio donde sólo se valoran tus aptitudes y
conocimientos. No, en muchos casos el acceso es más fácil para aquellos que
están dispuestos a pisar al compañero, que tienen un buen padrino o que
simplemente han sido más listos y no precisamente por currículum o valores. Ya
lo dijo Quevedo “Poderoso caballero es don dinero”.
He visto por último como, en definitiva, aquellos
que se creen que tienen un puesto mejor, son esclavos del sistema.
Por lo tanto el arte de enseñar ha de tener
como premisa, el hacerlo desde la vocación por ayudar a los demás a ser libres,
desde la adquisición, de los valores primero y de los conocimientos después,
para no caer en las redes del sistema.
Posiblemente nunca antes haya trabajado tantas
horas como en esta etapa de mi vida, pero el hacerlo para ti, sin estar marcado
por unos objetivos cada vez más abusivos, sino con la única meta de ayudar a
los demás y de obtener lo suficiente para vivir dignamente, me confiere un
grado de libertad mayúsculo.
Por ello doy gracias a esta profesión de la
enseñanza por haberme hecho “rico” en libertad de acción y de pensamiento.
